No llegamos a la orilla…

Nos mandaron a escalar montañas, cruzar ríos o buscar la luz al final de túnel. Hace unos días, el senador Esteban Bullrich, nos contaba que ellos estaban nadando con nosotros pero, como se concentraron tanto en la orilla, no se dieron cuenta que nos estábamos ahogando. A pesar de lo desafortunado de sus dichos, la realidad que estamos viviendo es mucho más compleja que su metáfora.

Venimos, hace 3 años y medio, de un proceso sistemático de destrucción del empleo. El aumento de los servicios públicos, incrementó de forma exponencial, los costos fijos de las fábricas. El efecto de la misma medida en los hogares, afecto directamente al consumo. En muchos casos, la necesidad de producir y la caída de las ventas, generó deudas impagables de luz y gas. Incluso, en algunos casos, llegaron hasta los cortes de servicios. Lo que se traduce, directamente, en el cierre de empresas.

El otro factor fundamental para el desarrollo es el crédito. Para completar el proceso de compra de insumos y materia prima, producción y comercialización, se necesita de financiamiento. No hay producto que pueda salir al mercado si le cargamos una tasa de interés que hoy en día, ronda el 85%.

Ante este escenario, las PyMES cerraron de a miles. Sus dueños debieron optar entre invertir para sostener la estructura con la esperanza de que lleguen tiempos mejores o volcar sus activos a la especulación financiera. Siendo que las empresas de capital, tienen como razón de ser la maximización de ganancias, las consecuencias están a la vista.

En el caso de las cooperativas y empresas recuperadas no cerramos masivamente las persianas ni mucho menos. Esto se debe a que el fin de nuestras organizaciones es la creación de trabajo para la reproducción ampliada de la vida. No perseguimos ganancias porque repartimos los beneficios de nuestro trabajo de forma equitativa entre quienes los producimos. En nuestras empresas, no se mide el éxito según la rentabilidad ni es el mercado el que determina la suerte de los trabajadores. Sin embargo, a pesar de nuestras fortalezas, el contexto nos llevó puestos. La imposibilidad del acceso al crédito, la falta de ventas y los aumentos, nos llevaron a situaciones límite. A esto hay que sumarle un estado hostil frente a nuestro modelo de organización. La autogestión, como modelo productivo, democrático y colectivo, se opone a su concepto del “emprendedor”. Para ellos, nuestro rol sólo debe limitarse a un instrumento de contención social.

Fabricas a oscuras

A pesar de esto, supimos construir puentes entre los movimientos sociales, la economía popular y las universidades, para consensuar una agenda a mediano y largo plazo. Esta vocación de unidad, se ve plasmada en la participación en diversos ámbitos de discusión del sector para consolidar una estrategia en común y una línea programática.

Estamos sufriendo los coletazos de la última devaluación, que llevó a la argentina a una emergencia alimentaria y todavía nos cuesta medir lo profundo de las consecuencias. En estas condiciones, se nos hace muy difícil pensar en resistir hasta diciembre. No sólo para las cooperativas y recuperadas, sino para el conjunto de los trabajadores y en especial para los que viven de changas o están desocupados.

Estamos en el final del que, seguramente, sea recordado como el peor gobierno democrático de la historia argentina. En palabras de Mauricio Macri, deberíamos hacer referencia a tormentas o desiertos para explicar lo que nos pasa. Pero es tan desolador el panorama, que ya no queda lugar ni para las metáforas.