25 años de autogestión en Campichuelo

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La Cooperativa Gráfica Campichuelo inmortalizó sus primeros 25 años de autogestión en un libro realizado íntegramente dentro de la planta, para mostrar, con un producto concreto, que tiene un futuro lleno de proyectos gracias al coraje inicial y la posterior lucha.

“La economía social en algún punto va a tener que plantearse el choque de disputarle al sector capitalista el espacio”, repiten sin hartarse los fundadores de la empresa recuperada. Hacia ahí van.

Fruto del desguace del Estado, la historia de Campichuelo es un fiel reflejo de la de Argentina. “En el año 86, Alfonsín privatizó la impresión del boletín. En el 91, Menem liquidaba la planta y quedábamos todos afuera”, recordó Hugo Cabrera, expresidente de la cooperativa. 43 personas decidieron emprender el camino del Asociativismo y la autogestión para preservar sus fuentes de trabajo.

Basándose en la idea de otra cooperativa gráfica, Cogtal, acompañados en la pelea por la Federación Gráfica Bonaerense, consiguieron un acta de acuerdo entre el sindicato UPCN, la comisión interna y el ministerio. Varios de los trabajos que hacía Casa de la Moneda se seguirían haciendo en Campichuelo.

Las primeras dificultades de gestión pasaban por el tamaño de la planta y el mal estado de las máquinas.

Más tarde, el 2001. Habían actualizado la maquinaria antes de la crisis económica y social, por lo que Campichuelo quedó al borde de la quiebra. “Nos juntamos todos, como cooperativa, y dijimos no, vamos a saldarla. Porque la cooperativa la hicimos para nuestros hijos. Así que nos llevábamos 300 pesos. La prioridad eran los compañeros que tenían una deuda bancaria para una vivienda, para que no la pierdan o se queden en la calle. Todo eso que fue durísimo, entre 2001 y 2003, se revirtió con el cambio de gobierno, cuando empezamos a notar la reactivación del mercado automotriz. Entonces, mejoramos el trabajo”, contó Hugo Cabrera.

También atravesaron un recambio generacional. Los fundadores llegaban a la edad de jubilación. Sus familiares, más jóvenes, iban incorporándose al trabajo en la gráfica y a la propia gestión de la empresa. Uno de ellos planteó la compra de una CTP (Computer To Plate). También llegaría a conformarse la novedosa comisión de juventud. En una empresa recuperada hace 25 años, en la que ingresan por prioridad los familiares, y llegó a haber nietos y abuelos simultáneamente, la diferencia generacional hacía que en las reuniones y asambleas se hablara de problemas que tenían que ver con el pasado. Los más jóvenes, si bien agradecían y agradecen haber sido asociados a una exitosa empresa autogestionada, propusieron ver para adelante y le pidieron permiso al Consejo de Administración para formar una comisión de quienes no habían estado en la recuperación de la empresa y llevan poco tiempo como asociados.

Hacia adentro de ese grupo, comenzaron a problematizar la idea de que trabajar es solamente ir ocho horas a la gráfica, volver a la casa y cobrar a fin de mes. “Nosotros podemos ser los próximos presidentes de la empresa”, se plantearon. Aggiornaron la comunicación y empezaron a pensar más allá de sí mismos.

Con el impulso del movimiento de recuperadas, la organización del sector y la relación con el Estado, la disputa por una porción del mercado se fortaleció. Capacitaciones, reestructuración del cuerpo técnico y la reorganización del taller modelaron una actualización de la cooperativa que no esquivó crisis internas y externas, pero que las reorientó hacia el crecimiento.

“Para adentro es una cooperativa, pero para afuera es una empresa más, una empresa que tiene que salir a pelear en el mercado con sus reglas, nos guste o no”, insiste el libro, no sin dejar de destacar que en el organigrama, arriba de todo está la asamblea.